lunes, 28 de octubre de 2013

DE ANÉCDOTA A REALIDAD

Hasta no hace mucho tiempo gran parte de las evidencias sobre los beneficios que reporta el aprendizaje de adultos tenía un carácter anecdótico. La falta de evidencias acerca de los beneficios de la educación de adultos, representan un importante obstáculo que entorpece los esfuerzos por conseguir el reconocimiento de un marco sostenible y de un respaldo estatal confiable para el sector.

Con respecto a las oportunidades de empleo, se aprecia que el aprendizaje de adultos y la educación postsecundaria permiten disminuir significativamente el riesgo de desempleo (Sabates, 2007). De la misma forma la evidencia empírica ha permitido comprobar que el aprendizaje de adultos puede tener efectos transformadores y mantenedores en la salud. En consecuencia estos son más proclives a adoptar un estilo de vida saludable, y existe un cúmulo de publicaciones que describen el aprendizaje de adultos y su relación con la salud mental. Por añadidura, los efectos intergeneracionales que los padres instruidos producen en la salud de los hijos tienen enorme importancia.

La educación de adultos ha sido mencionada como una herramienta influyente y  clave para reducir los niveles de pobreza en todo el mundo (UNESCO-IUAL, 2009, en EAEA, 2010. La EAEA (2010) destaca la función empoderante que puede cumplir la educación de adultos en épocas de crisis, proporcionando una comunidad estable, una oportunidad de reorientación, un lugar seguro y reconocimiento social.


Numerosos estudios (Field, 2009) mantiene que  el 80 % de los alumnos de entre 51 y 70 años de edad se dieron cuenta de un impacto positivo en áreas tales como confianza, satisfacción con la vida y capacidad para hacer frente a los problemas. 



Los datos confirman que los alumnos adultos disfrutan de importantes beneficios asociados a las habilidades interpersonales, como un mayor grado de confianza en sí mismos, de autoestima y de satisfacción laboral. Específicamente, la sensación de realización tiene efectos positivos en la autoimagen de las personas, mejorando su bienestar psicológico y, por ende, reforzando su identidad. Los beneficios tales como un aumento en los ingresos y una mayor empleabilidad, atribuibles a la participación en intervenciones de educación de adultos, influyen indirectamente en el bienestar.


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